Mostrando entradas con la etiqueta huerta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta huerta. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de agosto de 2009

De vuelta a la huerta

La vuelta fue hace más, de hecho, hace una semana, pero fue una vuelta agitada, un fin de semana de lleno total en la finca donde continué con un combo diferente la rumba que había empezado semanas antes. Conclusión, a la huerta bajamos sólo para constatar que esta temporada de siembra está llegando a su fin: los tomates estaban un poco pasmados pero aún con frutos verdes y unas florecitas amarillas y peludas asomándose tímidamente en un par de matas. Las arvejas, que estaban más o menos bien antes de irme, estaban más o menos mal cuando llegué. (Hoy ya están perfectamente muertas) Compartimos cuatro arvejas entre cuatro personas (risible resultado) y me alegré al ver que las lechugas que transplanté antes de irme sí están creciendo. Como dice mi héroe neocampesino, Pollan,

“the garden is an unhappy place for the perfectionist. Too much stands beyond our control here, and the only thing we can absolutely count on is eventual catastrophe”.

Esta semana, en cambio, en silencio y calma, no he sabido qué hacer primero: ¿Armar el gallinero? ¿Recolectar mierda para el compost? ¿Leerme de una sentada Second Nature de Michael Pollan?¿Pelar los restos de bocashi para abonar las lechugas? ¿Recoger las plantas secas de arveja y plantar en su lugar semillas de esos frijolitos rojos que van tan bien? ¿Arrancar las matas de tomate muertas? ¿Semillero de granadilla?

Ganó Pollan. Yo soy yo: libro mata huerta.

Pero el libro ES sobre huertas, así que me siento justificada.

Por ejemplo, esta definición de una semilla:

“Recipes, instruction manuals, last testaments: by making seeds the plant condenses itself, or at least, everything it knows, into a form compact and durable enough to survive winter, a tightly sealed bottle of genetic memory dropped onto the ocean of the future”.

O este análisis de la cultura nortemaericana hecho desde una lectura sociológica y ecológica de los prados de las casas suburbanas:

“The American lawn is an egalitarian conceit, implying that there is no reason to hide behind the hedge or fence since we all occupy the same middle class. […] After my first season of lawn mowing, the Zen approach began to wear thin. […] I tired of the endless circuit, pushing the howling mower back and forth across the vast page of my yard, recopying the same green sentence over and over: ‘I am a conscientious homeowner. I share your middle-class values.’ Lawn care was gardening aimed at capturing ‘the admiration of the street’, a ritual consensus I did not have my heart in.”

Y varias definiciones de jardín y huerta (garden, en inglés, se usa para los dos tipos de sembrado):

“Gardening is a painstaking exploration of place; everything that happens in my garden—the thriving and dying of particular plants, the marauding of various insects and others pests—teaches me to know this patch of land more intimately, its geology and microclimate, the particular ecology of weeds and animals and insects. My garden prospers to the extent I grasp these particularities and adapt to them”. “Much of gardening is a return, an effort at recovering remembered landscapes.”

Pero esta reflexión (y la analogía) es mi favorita:

“As most gardeners will testify, the desire to make a garden is often followed by a desire to write down your experiences there—in a notebook, or a setter to a friend who gardens, or if, like me, you make your living by words, in a book. Writing and gardening, these two ways of rendering the world in rows, have a great deal in common.”

martes, 26 de mayo de 2009

La huerta de paseo

Técnicamente la huerta NO se fue de paseo, para los que tenían dudas, mas sí la que desyerba la huerta y documenta sus verdes vaivenes. El paseo tuvo dos escalas, la primera laboral (Colimba) y la segunda no tanto (Cali).


En el resguardo de Colimba, Nariño, hicimos el tercer taller de un proyecto de la Biblioteca Nacional en el que ando trabajando. Además de pagar dos visitas a dos mujeres doctas en la medicina tradicional indígena (existe, por ejemplo, un mal que llaman “el espanto” y le da a los bebés cuando se caen y el “mal aire” que se manifiesta con pereza, cansancio, pesadillas y mala digestión), recibí de manos de Elizabeth, la nueva bibliotecaria de Colimba una bolsa de dos tubérculos absolutamente desconocidos y muy parecidos a los cubios: uyuco y oca. Pronto estarán bajo tierra en la terraza de Bogotá, donde creacen por ahora y sin mucho éxito unas matitas de cilantro, tomate, menta y tomillo, a manera netamente experimental.


También hicimos parada técnica-turística donde encontré, además de una llama con sombrero mexicano, una placa de agradecimiento a la Virgen del generalísimo Rojas Pinilla y una oveja de dos cabezas en el museo religioso (!)








En Cali, además de sazonar el estómago con frituras y tragos y hierbas, recogí dos especimenes de enredaderas que ya están en vías de reproducción y unas citas de In Defense of Food, de Michael Pollan, muy pero muy apropiadas para el ejercicio que es la huerta y su encarnación virtual:

“Food reclaims its store, and some of its nobility, when the person who grew it hands it to you. [...] Shake the hand that feeds you.” MP

“Eating with the fullest pleasure—pleasure, that is, that does not depend on ignorance—is perhaps the profoundest enactment of our connection with the world. In this pleasure we experience and celebrate our dependence and our gratitude, for we are living from mystery, from creatures we did not make and powers we cannot comprehend.” Wendell Berry

“By breaking the links among local soils, local foods, and local peoples, the industrial food system disrupted the circular flow of nutrients through the food chain. [...] Food consists not just in piles of chemicals; it also comprises a set of social and ecological relationships, reaching back to the land and outward to other people.” MP

 

miércoles, 6 de mayo de 2009

El machete, la nueva herramienta terapéutica

La tarea era la siguiente: demarcar entre el pasto de corte, que colinda con mi huerta, la zona donde estarán las nuevas arvejas.

Pero antes de cortar el pasto elefante, colgar el tomate. La propuesta: usar palos de heliconia como soportes. Igual el tomate va a salir picho, lleno de gusanos y cosas imposibles de describir. Porque el tomate es así y el que no lo es, es porque viene cargado de mucho veneno. Hace dos años y también hace un año se dio de manera silvestre y espontánea una mata de tomate cherry espectacular. Los tomatitos crecían sanos y los recogimos en cantidades tal que hasta hicimos guiso de tomate cherry. La mata creció feliz entre un bosquecito de heliconias.

Además de usar los palos de heliconia, también hice picadillo algunas hojas y las puse alrededor. Para qué? No estoy muy segura, pero fue divertido cortarlas. Hechas esa tarea, pensé que tocaba experimentar con la otra hilera, la cual rodeé de matas de ortiga cortadas en picadillo que transporte con agarraderas hechas de hojas de plátano (también cortadas de un tajo limpio con el machete).

Con el corte del pasto arrancó la emoción pura y dura de mi acero filudo. Con derechazos y izquierdazos, estilo Agassi, empecé a mochar el territorio en el que sembraré la arveja. Cuchin!!! Chin!!! Y a cada sablazo caían las hojas de pasto desmayadas a mis pies, que recogí con abrazos de oso que, claramente, me dejaron los brazos llenos de cortes y rasquiñas.

Pero vuelvo al machete, que me recordó los días cuando con mi primo Santi nos armábamos de unas varas largas y flexibles de bambú y caminábamos por las carreteras destapadas y potreros, boliando vara, azotando hierbas que caían derrotadas con los zumbidos de nuestras armas. Santiago en esa época era un adolescente en pleno desarrollo, cargado de rabia y frustración joven. Quizás el ejercicio le significaba mucho más que a mí, niña feliz de haber descubierto un pasatiempo sanamente destructivo del mismo orden que fumar varitas de helecho (ese sí lo descubrí yo).

El machete tuvo la función que ayer tuvo subir a pie a la finca vecina y bajar corriendo en la oscuridad, las flexiones de mis calistenias matutinas, las conversaciones con los perros y hasta la berreada al son de Magnolia, la película de PT Anderson: tontos desfogues de dudas mil. 


Nota importante: la habichuela ya casi da cosecha y crece y crece!!!