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miércoles, 2 de septiembre de 2009

El cosechador de curubas

De día azota curubas con un palo de escoba en predios de Rosales y en las noches, cuando cae el sol, patea ñámpiras de la décima en la séptima. Bueno, aclaro. De día, con la ayuda de un pedazo de palo de escoba que encontramos botado en la acera, volviendo de una agradable caminata matutina por los cerros orientales que bendicen a nuestra gran urbe, Simón dio varios palazos certeros a unas curubas posadas sobre un altísimo árbol de la cuadra rosalinda en la que actualmente habitamos. Pasó que en la noche del mismo día, subiendo a un vehículo de transporte público de excesiva lata, fue atacado en su persona y la de su mujer por un tipo de dudosa reputación que fingiendo blandir un cuchillo se abalanzó y le rapó un libro de antropología que llevaba bajo su brazo derecho, subrayado ya y a medio leer. Defensor de la cultura, el saber y la cordura, le lanzó una patada en su humanidad, obligándolo a devolverle al autor del hogar el bien precioso. Mejor dicho, gracias a Simón y su capacidad de boliar palo y pata (porque le tocó saltar bastantico) tengo ahora más semillas de curuba silvestre y montuna, que ahora reposan en las aguas que les quitarán la pasa babosa y las dejarán, ojalá, germinar.






Gracias, Simon!

ps: Y este es el libro


lunes, 13 de abril de 2009

Razones para estar

1. Las orquídeas de semana santa ya están flor.

2. El pueblo de Santandercito anda con colores nuevos y obras. Son la promesas de renovación hechas cosas renovada por un alcalde que parece moverse, según me explica Magdalena. Habrá también una nueva fuente de agua, nuevo empedrado para la plaza y hasta una delegación de Santandercito estuvo en Barichara la semana pasada. Por si fuera poco, cuenta Magdalena emocionada, para la celebración del domingo de ramos fueron abolidos los ramos de una palma en vías de extinción. En vez, los feligreses recibirán unas palmitas para sembrar en la casa.

3. De bajada a la finca veo sobre el separador, frente al cementerio El Apogeo, una niña de 16 con un balde amarillo lleno de flores apoyado en la cadera, el cuerpo quebrado un poco en la cadera, y se ríe desafiante, buscando chance de pasar entre los carros.

4. Los hibiscos son de tantos colores como en Hawai, pero no lo había notado antes.

5. El camino se siente acolchado en los pedazos embarrados. Las habichuelas crecieron un jurgo y las arvejas. Me pillé también unos frijoles de contrabando que me sembró Jose. Con el maíz criollo, además, todo crece en desorden

6. El Salto del Tequendama está muy crecido con los aguaceros, que auguran mojar toda la semana de descanso. (y la mojaron. Esa semana ya pasó, pero voy atrasada en las publicaciones de esta vaina).

7. Los perros sonríen.

8. Descubro que en Los Tunos, mi almacén de cabecera, también vende trucha ahumada, embotellan agua, y hacen exquisito merengón de guanábana. Eso sumado al queso de siempre, el yogurt y la torta de queso y el arequipe suman 40mil de productos lácteos locales hechos por la pareja más chévere del mundo. Se gastan 14 cantinas de leche a la semana y solos entre los dos hacen 20 quesos doble crema semanales, arequipe, merengón, esponjados, flan, yogurt de mora y melocotón, torta de queso, queso campesino, cuajada. La caja registradora es de cobre antigua.

9. Julio me prestó muchos libros para leer.

10. Por primera vez actúo razonablemente con el carro, cambio pastillas justo a tiempo y me evito cepillar los discos. Besito para mí.

11. El sol brilló casi todo el día y hasta los ñeros de la 19 tenían los ojos más brillantes que de costumbre.

12. Detrás del taller descubrí muchos moteles de hora, con putas flacas y gordas felices hablando a las 10am, arregladas ya. Niños jugando, un señor pasa en bicicleta, la calle esta llena de huecos tapados con ladrillo picado. Los moteles están enchapados con baldosa verdosa con amarillo, o vinotinto de reborde amarillo y hay matas en las puertas, que entran en recoveco para cubrir rápidamente al infractor del deseo. Y el sol brilla.

13. Tengo la sensibilidad alborotada y buen ánimo de ver todo. En Soacha, una tienda de frenos o de cerveza llamada “El Bacán”. Es que hasta Soacha brilla hoy, las busetas llenas de gente ansiosa por visitar a su familia, como si la alegría escolar que sentí ayer al salir de la ofician, despidiéndome con manotadas y chistes y cuentos pendejos y abrazos hubiera contagiado toda la ciduad, feliz de no trabajar. Feliz y soleada.

 

lunes, 30 de marzo de 2009

la asincronia de la inmigracion


De mi generación del colegio, de los 35 que nos graduamos, sé de unos 15 que viven por fuera. Estudian o trabajan pero por fuera del país, de donde salieron, la mayoría, después de hacer su pregrado. Cuando nos graduamos, en 1999, ya había pasado el año más duro de la recesión, durante la cual el 30% de los estudiantes de mi colegio tuvo que retirarse. Pedir plata para el cine en esos años era una tragedia y los planes eran caseros, y siempre acabábamos en las casas donde había más mercado. Pero bien, ninguno de nuestro curso salió en desbandada motivo pensión.


En esos años se dio la diáspora dura de colombianos al exterior, creo yo, en proporciones que jamás se habían visto. Pronto Queens tuvo tiendas paisas y a Miami se le llamaba “el norte de Bogotá”. Supe de una pareja, por ejemplo, que salió tocando el cielo con las manos, después de que al señor le habían ofrecido un puesto de gerente de una puntocom. Estalló la burbuja y pronto su mujer tuvo que tomar reservaciones en un restaurante de Manhattan. 

Mi familia salió también en esos años. La mitad por voluntad propia (mi mama, mi hermano y yo llegamos con visa de residencia) y la otra mitad (mi papa, su esposa y mi hermana llegaron como refugiados) a la fuerza. En Montreal la colonia colombiana bullía. O bulle. No sé. Me he

encontrado a mucho colombiano ex-montrealés por acá. En el consuladito, así llamábamos el apartamento de un amigo colombiano, hacíamos fiestas colombianas, salsa a toda, aguardiente encaletado y precioso traído por algún familiar, un paquete de pielroja valioso y en un año nuevo hasta lechona se comió. El apartamento era mágico, para que. De las fiestas que hicimos, por más de cinco años (quizás un total de 10 fiestas apoteósicas que culminaban con desayuno en el greasespoon de la esquina, la Casse Croute), nunca jamás llegó la policía a clausurarnos, ni los vecinos se quejaban (incluso cuando la fila para entrar al apartamento llegaba hasta el ascensor). Ahí se le enseñó a bailar salsa a varias canadienses que usaban el sustantivo como verbo (oh, I love to salsa!); ahí se arregló el país en noches menos agitadas; se cantó con el corazón herido a Marco Antonio Solís, mexicanos y colombianos, emocionados después de ver Y tu mamá también; ahí se guasquió mi hermano sobre una pila de 50 abrigos de invierno después de tomar demasiado aguardiente (precioso y lejano) y ahí lo atendió una Florence Nightingale canadiense, consintiéndole la cabeza con sus súper tetas.

Pero volví, tercamente, y no estúpidamente, creo. Hasta que… En Montreal el frío pega duro, la gente vive como en aeropuerto, entrando y saliendo, de intercambios, si no se habla el francés pesado quebecois no hay trabajo y si se habla, entonces los salarios son menores que en Toronto; los parques son bonitos en veranos y los festivales mucho más, gratis y con potentes grupos de música que tocan y tocan, pero… El pero siempre fue el que siempre teníamos las noches de arreglar el país: que Canadá no era Colombia. Punto. En Canadá todo está hecho, y lo que no, no nos importaba, porque la idea era volver, devolver, porque finalmente, los que volvimos, nunca tuvimos problema acá. Obviamente, la niña que secuestraron en el Focker de Avianca con Lezli Kalli, la que iba a nuestras fiestas a veces, esa sí no volvió. Ni pendeja.

Ahora que volví, todos mis amigos se fueron. Claro. A hacer sus maestrías, o doctorados, a irse de la Bogotá asfixiante de la que no veían la hora de huir, y yo de volver. La asincronía de la inmigración es así: uno nunca esta cuando toca, donde toca. Si la abuela se muere, uno está acomodando gente en las sillas de un teatro; si los amigos se casan, uno está graduándose de alguna universidad de columnatas de piedra y banderas en latín. Es tan ridícula la falta de coincidencias, que un amigo con el que estudié allá ni me lo encontré en Bogotá, cuando por acá estuvo, ni en Montreal, cuando por allá volvió, sino en Tailandia, adonde yo ni siquiera tenía planeado ir…