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lunes, 27 de abril de 2009

Celia, qué cruz

Tenemos nueva adquisición. Se llama Celia (yo propuse Eli, Felipe dijo que Negrita, y en cambio Blanca la quería como Pepita).

Ha de ser la esposa de Júnior, es mi pensado y sentir, pero ya la Chanda le para más bolas que la pelota de mi perro favorito. Las parejas no pelechan este año, el maíz está pasmado y las lechugas—pinches malditas—deshojadas y babosas son. Y Celia, linda la bolita negra, no le dio la paz a mis pies enchancletados, mordiéndolos con sus agujitas dentales.

 Con la llegada de Celia, que sí puede entrar a la casa, a Coca-cola se le desataron unos celos que más bien evidencian su enfermedad: se siente reemplazada la Coca, que tiene la cara invadida por un tumor muy grande. La comida de los perros está envenenada, es la conclusión. Brusca se fue con un balón de fútbol en las mamas, Juancha estaba como pozo verde por dentro y ahora la Coca, que debe tener como 11 años, carga en el cachete una cosa que le rasca, le cierra el ojo y la pone a gruñir, a veces, por las noches. La buena noticias es que hay paranoia mundial por la fiebre porcina!!! 

lunes, 13 de abril de 2009

Razones para estar

1. Las orquídeas de semana santa ya están flor.

2. El pueblo de Santandercito anda con colores nuevos y obras. Son la promesas de renovación hechas cosas renovada por un alcalde que parece moverse, según me explica Magdalena. Habrá también una nueva fuente de agua, nuevo empedrado para la plaza y hasta una delegación de Santandercito estuvo en Barichara la semana pasada. Por si fuera poco, cuenta Magdalena emocionada, para la celebración del domingo de ramos fueron abolidos los ramos de una palma en vías de extinción. En vez, los feligreses recibirán unas palmitas para sembrar en la casa.

3. De bajada a la finca veo sobre el separador, frente al cementerio El Apogeo, una niña de 16 con un balde amarillo lleno de flores apoyado en la cadera, el cuerpo quebrado un poco en la cadera, y se ríe desafiante, buscando chance de pasar entre los carros.

4. Los hibiscos son de tantos colores como en Hawai, pero no lo había notado antes.

5. El camino se siente acolchado en los pedazos embarrados. Las habichuelas crecieron un jurgo y las arvejas. Me pillé también unos frijoles de contrabando que me sembró Jose. Con el maíz criollo, además, todo crece en desorden

6. El Salto del Tequendama está muy crecido con los aguaceros, que auguran mojar toda la semana de descanso. (y la mojaron. Esa semana ya pasó, pero voy atrasada en las publicaciones de esta vaina).

7. Los perros sonríen.

8. Descubro que en Los Tunos, mi almacén de cabecera, también vende trucha ahumada, embotellan agua, y hacen exquisito merengón de guanábana. Eso sumado al queso de siempre, el yogurt y la torta de queso y el arequipe suman 40mil de productos lácteos locales hechos por la pareja más chévere del mundo. Se gastan 14 cantinas de leche a la semana y solos entre los dos hacen 20 quesos doble crema semanales, arequipe, merengón, esponjados, flan, yogurt de mora y melocotón, torta de queso, queso campesino, cuajada. La caja registradora es de cobre antigua.

9. Julio me prestó muchos libros para leer.

10. Por primera vez actúo razonablemente con el carro, cambio pastillas justo a tiempo y me evito cepillar los discos. Besito para mí.

11. El sol brilló casi todo el día y hasta los ñeros de la 19 tenían los ojos más brillantes que de costumbre.

12. Detrás del taller descubrí muchos moteles de hora, con putas flacas y gordas felices hablando a las 10am, arregladas ya. Niños jugando, un señor pasa en bicicleta, la calle esta llena de huecos tapados con ladrillo picado. Los moteles están enchapados con baldosa verdosa con amarillo, o vinotinto de reborde amarillo y hay matas en las puertas, que entran en recoveco para cubrir rápidamente al infractor del deseo. Y el sol brilla.

13. Tengo la sensibilidad alborotada y buen ánimo de ver todo. En Soacha, una tienda de frenos o de cerveza llamada “El Bacán”. Es que hasta Soacha brilla hoy, las busetas llenas de gente ansiosa por visitar a su familia, como si la alegría escolar que sentí ayer al salir de la ofician, despidiéndome con manotadas y chistes y cuentos pendejos y abrazos hubiera contagiado toda la ciduad, feliz de no trabajar. Feliz y soleada.

 

sábado, 28 de marzo de 2009

sembrado de perros


Por la bajada que es bien inclinada hay mandarinos, naranjos y limones sembrados. Cuando hay cosecha, se ven desde la casa las naranjas ombligonas adornar los árboles. Delante de mí baja la colección de perros, unos brincando y otros en formas misteriosas. Cocacola siempre ha tenido bichos en la barriga y camina como el conejito de energizer con el culo raspando el pasto sin tener la más mínima conciencia de lo ridícula que se ve. Brandy se pone de lado y usa las patitas como remos para rascarse todo el costado. Junior, Chanda y Ónix corren detrás del palito que lanzo para que se quiten y no me tumben. Bueno, eso era así.

Hace seis meses, cerca de mis pies ronroneaba la Juancha, una labradora obesa con espíritu de mártir que se acostaba en medio de la lluvia con el hocico apoyado sobre las patas cremas y amarillas a que saliéramos de la casa. Hace un año, bajaba entonces con pasos pesados Brusca, bautizada en honor a una perra vieja de mis abuelos. Esta Brusca, (menos brusca pues la otra casi me muerde hace mil años cuando me acerqué a acariciarla en el hall de entrada de la casa de mis abuelos, un hall de tableta negra muy polichada, donde unos muebles chinos rígidos, incómodos y según mi mamá bonitos, invitaban a seguir y no esperar sentado), había perdido el útero hacía años cuando se le pudrió la camada de perros adentro. La veterinaria le sacó ocho cachorritos ya formados y con pelo, unos cubiertos de lama verde oscura, otros de una baba transparentes, todos muertos. Mientras ella fumaba un pielroja para espantar el olor a orines y a gangrena, yo buscaba una salida poco glamorosa pero eficaz.

Al lado de Brusca bajaba por entre los naranjos la diferente, la guaimarana, Kika, asesinada con un pedazo de pan envenado. Brusca, muerta de tumores y vejez. Juancha, tumbada por un cáncer que la invadió como buchón de laguna. 

Y hace un día, Ónix, víctima de su propio invento de gruñirle a un perro más joven y con mejores muelas.

Al final de la bajada, hacia la izquierda, pasando por debajo de un naranjito kumquat, a la derecha del madroño de enormes hojas verdes oscuras, donde antes había cafetales raquíticos repletos de roya, por ahí está la huerta.

Estará y estaba. Estaba hace dos años: demasiadas hileras de lechuga Boston, seis matas de tomate chonto sembrado entre caléndulas y albahacas ya maduras para espantar los plagos (¡falso! Los tomates se cubrieron de unas siniestras pecas negras, mensajeras de una maldita e irreparable podredumbre), tres lulos (les faltó frío y sólo dieron un par de pepas peludas y sólidas, pero la flor… una cosita peluda, de pétalos blancos con rosado y pistilos amarillos), unas cuantas espinacas lelas, un parche de perejil que era mi orgullo pero imposible de consumir (¿quien come perejil?) y un perímetro de alambre para mantener a los canchosos lejos. Ahí volverá la huerta, esta vez con menos lechuga, con más variedad y un total de tres camas donde dormirán entrepiernados plántulas y Bocashi.